Albatros

 

Desde lo alto de la sierra el espectáculo era inimaginable. Parecía que la hubieran proyectado no por sí misma, sino para poder apreciar la belleza del paisaje a su alrededor. En esos momentos el sol se ponía, el día había sido brillante y azul, el viento en calma. No sabía si podría hacerlo, no sabía si podría remontar. De repente una leve ráfaga y me lancé al vacío. La tierra se alejaba de mis pies y yo quedaba suspendida bajo mis alas rojas.

Silencio total. El relieve de la montaña empezaba a difuminarse, sobrevolaba un bosque, no había otros pájaros, no había otras alas. Descendía lentamente, suavemente. A lo lejos, el pueblo se distinguía por las luces. Más lejos todavía otras pequeñas luces de otros pequeños pueblos. Campos labrados, campos salvajes, montes. Una ermita a mi espalda, estaba clavada en la pared de la montaña, esa pared que me había protegido de los vientos del norte.

El silencio me seguía. ¿Por qué no había contado con eso? ¿Por qué no había contado con quedar extasiada? Giraba hacia mi destino, cada vez más cerca, cada vez más lejos.

¡Tantas veces lo habia soñado! Ahora era real y me parecía un sueño. Cuando lo había soñado, me había parecido real. Tuve que secarme las lágrimas

Volver