De sapos y estrellas
Es un pueblo perdido en el desierto cercano. Es muy pequeño y está rodeado de montes, así que no le llega el resplandor de la ciudad. Un sitio perfecto para aprender a mirar el universo, plantando los telescopios mirando a Antarés, Lira o la constelación de Hércules.
El invierno ha sido muy seco y la charca ha estado vacía. La vida de una estrella comienza entre nubes de gas que poco a poco van formando su núcleo. La última semana ha llovido copiosamente y se han llenado de agua los dos metros de profundidad que tiene. Normalmente, de una nebulosa de gas suelen formarse dos o más estrellas, el caso de nuestro sol no es el más frecuente. Según me han contado, en época de sequía, los sapos se quedan como aletargados, esperando mejores momentos. La mayor parte de su vida, una estrella mantiene la actividad como nuestro sol en la actualidad. Con la lluvia les ha vuelto la vida, el crecimiento y la época de la reproducción. Cuando la estrella se vuelve vieja, su núcleo empieza a crecer desmesuradamente, convirtiendose, a veces en pocas horas, en una gigante roja. Han invadido los caminos del pueblo, decenas de ellos. Esta estrella gigante acaba explosionando y llegando a ser una supernova. Anoche, además de aparearse, cantaban frenéticamente. La materia resultante de la explosión forma a su alrededor una nebulosa planetaria.
Polvo de estrellas, materia de la que estamos hechos los sapos y los humanos. Voy a besar a uno, quien sabe en lo que se convertirá.