Tante Irene

Murió tante Irene. Era ya muy anciana, muy sola, muy pequeña.

Se dedicaba a hacer labores, principalmente ganchillo, y se puede decir que no las vendía, esas labores no se pueden pagar, sino que las regalaba por lo que le quisieras dar.

No siempre fue asi. De joven fue trapecista, en su país. Alta, rubia, guapa. Se jugaba la vida cada día con sus saltos, le gustaba.

Vivió un gran amor con su marido, un hijo, una guerra, muertes, salida de su patria.

Llegó a España sola y se puso a hacer lo único que sabía, lo que había aprendido para pasar las horas entre saltos, domadores y payasos.

Un pequeño tapete de ganchillo para cubrir una bandeja, mil puntos. Un camino de mesa, tres mil puntos. Un pico para unas toallas, cinco mil puntos. Un visillo para una ventana, diez mil puntos. Un encaje para una mantelería, doce mil puntos. Una cubierta de cama, doscientos mil puntos. Todos hechos con amor, esperando el resultado en la cara del comprador.

Tante Irene hacía algo irrepetible, algo que salía sólo de sus manos. O ella o nadie.

Era algo único porque cada punto encerraba uno de sus recuerdos, uno de sus pensamientos, uno de sus sentimientos, una de sus vivencias.

Cuando miro a mi ventana la veo a ella y la imagino joven, volando, riendo, amando, soñando. Y luego la recuerdo anciana, con tanta riqueza en sus pensamientos, en su vida, en cada uno de sus puntos.

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